Luz primigenia


Se dice que el hombre, desde Prometeo, siempre buscó el fuego primigenio. No es el fuego lo que buscaba, era la luz. El dominio que prometía la certeza del sentirse iluminado, lejos de las sombra de la ignorancia y de la oscuridad de su entorno. Erró.


Ciertamente el concepto de Luz como sinónimo de conocimiento, de vida, de lo divino, ha acompañado a la humanidad desde sus inicios y en aras de ello se han acuñado términos como “la edad de la luces”, “iluminado, “a la luz de la razón” o “dar a luz”, convirtiéndose desde siempre en metáfora de lo bueno, de lo que se sabe, de lo que se cree.


No obstante, el Prometeo moderno no podría sentirse más frustrado y en penumbras, sin dominio de su entorno y sin certeza de las cosas. Se le han compuesto centenares de poemas a la luna por el sólo hecho de que en el cielo resplandece, pero sólo se le ha alcanzado (si acaso) una vez. Seguimos a oscuras.


Sin embargo, la luz nos sigue atrayendo, nos seduce, nos atrapa… Hay algo en su misterio que encuentra eco en los bichos cuando giran mortal e inexplicablemente alrededor de una bombilla. Es esta relación vida y muerte, luz y sombra, de la que se están hechas las cosas.


Son al final del día los claro oscuros los que construyen la imagen, es este romance de luz y sombra el que entiende la lente que captura un momento y lo lleva a los hombres, atraída por su misterio como un bicho, entendiendo sus contrastes pero ignorando la razón.


-Fernando Mateos

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